miércoles, diciembre 15, 2004

La necesaria evolución (v. 1.0).

Creo que el mejor modo de empezar la andadura de este blog no puede ser otro que el de publicar mi humilde, y a la vez firme opinión sobre la relación entre los abogados y las nuevas tecnologías. Tuve ocasión de exponer estas opiniones en el XIII Congreso de la Abogacía Joven celebrado en San Sebastián entre los días 2 y 4 de diciembre, y tengo la sensación de que la mayoría de los compañeros que allí se encontraban no acertaron a captar el mensaje que mis reflexiones llevan implícito. Puede ser que el problema esté en mis propias reflexiones, porque no se adecúen a la realidad; no lo creo, más bien al contrario, cada vez estoy más convencido de lo que expuse.

Lo dejo aquí para la consideración de todos los que deseen leerlo. Y, por supuesto, me dispongo con la mente abierta a reflexionar con todo aquél que desee adentrarse en el fascinante mundo de esas nuevas (algunas no tanto) herramientas.

La versión está sin retoque alguno. La considero así más fresca, con independencia de modificarla con posterioridad. De algún modo tenía que comenzar esta nueva andadura por la blogosfera.

El mundo evoluciona constantemente. Hagámoslo nosotros también.


LA ADPATACIÓN AL USO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS:
¿UNA OBLIGACIÓN DEL ABOGADO?

REFLEXIÓN PRELIMINAR.

El objetivo de la presente comunicación no es otro que el someter a la reflexión de los participantes en la ponencia donde ésta se inscribe la necesidad que los abogados tenemos de adaptarnos al uso continuo de las nuevas tecnologías y cómo resulta completamente imposible mantenernos al margen de su implantación y desarrollo en el conjunto de la sociedad.

Como ciudadanos y como partícipes y colaboradores en la Administración de Justicia, al servicio de los ciudadanos, no podemos permanecer al margen del desarrollo vertiginoso en el que se ve inmersa nuestra sociedad. La revolución tecnológica ha entrado de lleno en los nuestros hogares, pero también en nuestros lugares de trabajo, y no es posible resistirse al atractivo que las nuevas tecnologías suponen, un atractivo derivado de la multitud de beneficios que pueden suponer para nuestra profesión.

Sin embargo, y frente a esta postura, se alza la de quienes consideran las nuevas tecnologías como un instrumento no fundamentalmente necesario y acusan especialmente a internet y a las aplicaciones construidas para el aprovechamiento de las autopistas de la información como algo no necesariamente imprescindible para el ejercicio de nuestra profesión. Es posible que entre quienes lean esta comunicación no existan partidarios de esta segunda opinión, y menos entre los abogados jóvenes, cuya apertura hacia el campo de la tecnología siempre es mucho mayor; sin embargo, desde mi experiencia estoy en condiciones de afirmar que inclusive en nuestra profesión existen detractores de las nuevas herramientas tecnológicas. Mi intención con esta comunicación es doble: por un lado, convencer a quienes de entre los jóvenes abogados sustenten una opinión divergente a la que manifiesto a lo largo del presente documento; en segundo lugar, hacer notar a los ya convencidos de la bondad de las nuevas tecnologías que no podemos pararnos.

El mundo evoluciona a tal velocidad que corremos el riesgo de quedarnos atrás desde el mismo momento en que podamos despistarnos un poco. No basta con saber que la tecnología es necesaria, hay que interiorizar esa idea y hacerla nuestra, para no quedarnos al margen de esa continua revolución que se desarrolla a nuestro alrededor.



EL MIEDO AL CAMBIO.

No podemos negar que el ser humano tiende de por sí a hacerse fuerte en las situaciones y circunstancias que le sirven y le resultan cómodas. Todo ello es trasladable a cualquiera de los ámbitos de nuestra vida y, entre ellos, al ámbito profesional. Ante lo novedoso, prevención, e inclusive rechazo, sobre todo si es algo que no comprendemos.

Para personas como los abogados, con una formación bastante menos técnica que otras profesiones, las nuevas tecnologías significan algo desconocido. Nos sirven, pero no comprendemos muy bien cómo funcionan, y adentrarnos en ellas nos parece excesivamente complicado. De tal modo que al final hacemos nuestra esa idea – equivocada, en todo caso - según la cual lo que no es fácil de explicar no es atractivo y a lo poco atractivo – si no repulsivo - acercarse lo menos posible. ¿Exageración?. No, conozco varios casos de rechazo “patológico” a las nuevas tecnologías en nuestra profesión, y no creo que sean una excepción.

Aceptar estas nuevas tecnologías significa aceptar el sacrificio que supone siempre dedicar tiempo a aprender su manejo y las posibilidades que ofrecen, y de un modo más específico aceptar que a partir del momento en que aprendamos a usarlas todo va a empezar a cambiar, y es precisamente eso lo que nos retrae. Tememos que la cómoda situación de la que hemos gozado, sin sobresaltos, sabiendo lo que hay que hacer en cada momento, con un modelo definido, va a desaparecer, y el temor a lo que pueda venir nos hace verter opiniones del tipo: “Internet no sirve para nada …”, “no me va a ayudar, es simplemente perder el tiempo, …”, “para mí el ordenador es simplemente como una máquina de escribir con alguna ventaja …”, ¿pero qué me va a añadir el correo electrónico?”

Tenemos miedo a no saber, y ese miedo es peor que la propia ignorancia, porque nos atenaza, nos paraliza y nos impide progresar. Y es que no debemos olvidar que las nuevas tecnologías no significan otra cosa que evolución y progreso, y éste siempre acaba yendo en nuestro beneficio. Que hasta un determinado momento las cosas nos fueran bien sin necesidad del uso de todas esas herramientas no significa que nuestro quehacer diario no pueda mejorar, y mucho. La cuestión es adquirir conciencia de ello.



LA IMPOSIBILIDAD DE QUEDARSE AL MARGEN.

Contaba hace poco Enrique Dans en la Primera Jornada sobre e-Derecho y Sociedad del Conocimiento organizada por la Sección de Derecho de Internet y Nuevas Tecnologías del ReICAZ su experiencia como Director del Área de Sistemas y Tecnologías de la Información y Comunicación en el Instituto de Empresa en Madrid, aludiendo a su primer contacto con los nuevos alumnos que se incorporaban a los cursos organizados por esa Entidad. La imagen venía a ser la siguiente: los estudiantes provenientes de la carrera de Derecho o cuya experiencia profesional se ligaba al Área Jurídica o Legal siempre decían, cuando se les empezaba a hablar sobre nuevas tecnologías, la misma frase: “… es que verás, yo soy de Derecho”, o “es que … yo soy abogado, ¿sabe?, esto a mí no …” o por último “en la carrera no …”

Cierto es que ese ejemplo arranca inicialmente sonrisas, inclusive puede que alguna carcajada, pero si nos ponemos a pensarlo detenidamente, debiera provocarnos tristeza. Es verdad que ya no somos estudiantes, sino profesionales hechos y derechos (nunca mejor dicho esto último), pero ¿hasta qué punto no es esa anécdota, un síntoma de lo mucho que queda por hacer?.

No se trata simplemente de que las nuevas tecnologías hayan invadido nuestros despachos profesionales (algo que deberíamos analizar en mayor profundidad, pues no estoy seguro de ello) e inclusive en muchos casos nuestro domicilio particular, sino que ya no podemos quedarnos al margen. Me atrevería a decir, con el ánimo de obligarnos a entablar una discusión que
considero imprescindible que o aceptamos las nuevas tecnologías – con todo lo que eso supone: uso, conocimiento, análisis, riesgos,… – o estaremos “muertos”; nadie habrá acabado con nosotros, sino que esencialmente nos habremos suicidado, porque habremos perdido el tren de la nueva sociedad.

Sin duda el planteamiento de esta comunicación parece excesivamente arriesgado e incluso demasiado agorero; a fin de cuentas todos podríamos estar más o menos de acuerdo en que no hace falta que nadie nos haga ver la importancia de las nuevas tecnologías. Deseo sin embargo atreverme a dudarlo, y plantear esta cuestión: no somos conscientes de lo que verdaderamente suponen las nuevas tecnologías; simplemente creemos serlo, pero no es verdad, o cuando menos, ni todos lo somos ni en la medida que sería recomendable.

¿Pero por qué plantear esta duda?. Lo que tenemos delante de nuestros sentidos es un mundo en evolución y nuevo a cada instante. Nos ha tocado vivir una sociedad cambiante – es algo por lo que siempre deberemos estar agradecidos – y no podemos vivir de espaldas a ella. Y no sólo eso, sino que además hemos de ser protagonistas e impulsores del cambio social, en tanto que sea beneficioso para el ciudadano, por cuya defensa y seguridad jurídica debemos velar. Por eso no debemos ser autocomplacientes, aunque tengamos derecho a adoptar esa postura, ya que no podemos aspirar a contribuir al desarrollo del Derecho de las herramientas tecnológicas sin conocer y manejar dichas herramientas.

El abogado es o debe ser, en cuanto ciudadano, un reflejo de la sociedad, pues forma parte de ella. Hoy en día podemos comprobar en muchas de las personas que nos rodean e inclusive en el caso de algunos de nuestros compañeros circunstancias novedosas y que hasta hace unos años resultaban impensables: conexión a Internet, bien en el trabajo, bien en casa, o inclusive ambas; varias cuentas de correo electrónico, un teléfono móvil, ordenador de bolsillo, un portátil para los momentos fuera del trabajo o despacho, quizá un memory-stick que posibilita el almacenamiento y movilidad de los datos además de la reproducción de archivos mp3, un programa en el ordenador
destinado a la mensajería instantánea, una aplicación informática destinada a hablar por teléfono a través de internet por medio de la tecnología de voz sobre IP (VoIP), y en el caso particular de nuestra profesión se hallan además las bases de datos de jurisprudencia y legislación, los programas de reconocimiento de voz y las aplicaciones destinadas a la gestión informática de nuestros despachos.
Los instrumentos enumerados anteriormente se encuentran hoy en día a nuestro alcance y dispuestos para su uso y el análisis que de ellos podamos llevar a cabo. No digo que todo abogado esté obligado a disponer de la totalidad de esas herramientas, pero sí que muchas de ellas, cuya importancia y extensión en la sociedad de hoy crece día a día deben ser aprovechadas por nuestra profesión. Por poner un ejemplo práctico, ahí está el caso de la VoIP, cuyo crecimiento posee carácter exponencial en el mundo, y que permite desarrollar conversaciones telefónicas en tiempo real con una simple conexión a Internet, ahorrando costes y con la ventaja de que el contacto sea inmediato si los interlocutores disponen de la aplicación correspondiente y ésta se está siendo ejecutada. He ahí un cambio en el modelo de negocio de la telefonía, pero también una herramienta que puede añadir un tremendo valor a nuestro negocio, a nuestro despacho.



CONCIENCIA DE ADAPTACIÓN.

La evolución del ser humano no es sino la de una adaptación constante al cambio. El medio en el que nos movemos se ve alterado constantemente, y nosotros con él. Si no, la propia historia se encarga de demostrarnos lo que ocurre: el que no se adapta acaba desapareciendo. La vida del ser humano no es sino el triunfo de una evolución encaminada a su mejor desenvolvimiento en el mundo que le rodea.

Con las nuevas herramientas tecnológicas sucede otro tanto. Por poner un ejemplo, no creo que nadie a estas alturas piense que sea posible volver a los tiempos en que los escritos se elaboraban con máquina de escribir y papel de
calco; una vez que incorporamos una nueva herramienta tecnológica damos un paso que no permite marcha atrás, salvo que pretendamos perder posiciones y ventajas: cuando invertimos en nuestro primer PC y comenzamos a trabajar con él adquirimos conciencia de que nunca más utilizaríamos la antigua y tradicional máquina de escribir. De igual modo, cuando compramos por primera vez un teléfono móvil y empezamos a usarlo nos dimos cuenta de que tampoco nada sería como antes: a partir de ese momento estaríamos localizables siempre que lo deseáramos, y a pesar de las servidumbres que ello pueda suponer, preferimos, con toda lógica, los beneficios que ello nos reporta: nuestros clientes pueden ponerse en contacto con nosotros con mucha más facilidad que si tan sólo dispusiéramos de nuestro teléfono fijo, y eso siempre lo valorará más que si se viera en la necesidad de esperar a que nosotros les llamemos una vez que escuchemos su mensaje en nuestro contestador. Pues de igual modo va a ocurrir con el resto de herramientas tecnológicas.

La incorporación de las nuevas tecnologías a nuestro trabajo implica una modificación de nuestros patrones mentales: por un lado, debemos superar el temor que nos producen; por otro, tenemos que interiorizar la necesidad de adaptarnos a ellas. Se trata de ser conscientes de la necesidad de nuestra adaptación, porque los beneficios van a ser mucho mayores que las desventajas. Adaptarnos, como hemos hecho constantemente; porque si nos lo proponemos, no nos costará mucho. Podrá darnos más o menos pereza, pero una vez “cambiado el chip” la adaptación, si no inmediata, será muy rápida, y la conclusión inmediata a la que llegaremos será la siguiente: ¿cómo pude dudar a la hora de aprender a utilizar y manejar continuamente todas estas herramientas?.



UN VALOR AÑADIDO.

Una vez visto el lado menos deseable – la necesidad de desacomodarnos - del uso de las nuevas tecnologías por los profesionales debemos preguntarnos el porqué de la necesidad de dicho uso, o mejor dicho, cuáles son los beneficios que nos aportan las herramientas tecnológicas a los abogados?.
Para ello analicemos diversos casos de aplicación de nuevas tecnologías en el campo jurídico, algunos de los cuales se van a ver modificados con total inmediatez.

Las bases de datos legales y jurisprudenciales que muchos utilizamos en nuestro trabajo, y que en una primera aproximación suponen con casi toda seguridad el beneficio más inmediato de las nuevas tecnologías en nuestro trabajo ya son “viejas” (parece mentira que podamos decir algo así, pero es cierto), y conviven con nosotros desde hace bastante tiempo ya; su utilidad es manifiesta y ha resultado probada desde su salida al mercado, y muchos de nosotros las comenzamos a utilizar, y procurando realizar el desembolso monetario más ajustado para nuestra economía.

Pero a estas herramientas les ha salido un duro competidor, la herramienta tecnológica en boga por excelencia en nuestros días: Internet. En estos momentos puedo tardar menos en encontrar una ley en la red que si me veo obligado a sacar el DVD de donde lo tenga guardado, introducirlo en el lector del ordenador y ejecutar el programa correspondiente; si introduzco la referencia en cualquiera de los buscadores de mayor uso encontraré las referencias necesarias el momento, y la norma que tan afanosamente buscaba la tendré delante de mis ojos casi al instante. Y respecto de las bases de datos jurisprudenciales, es cierto que cada vez más compañeros comparten en la red sus experiencias en los tribunales y también sus conocimientos, y es que si algo no podemos negar es que la red es el ámbito de la información por excelencia, de tal modo que podemos encontrar en ella casi todo lo que nos propongamos.

De igual modo, las editoriales jurídicas pretendieron ampliar el valor de su oferta añadiendo otras herramientas, como los modelos de escritos necesarios en los distintos ámbitos del ejercicio profesional. También eso empieza a resultar innecesario. En páginas de profesionales del Derecho podemos encontrar ya hoy en día modelos de escritos (demandas, contestaciones, etc.) que ellos mismos ponen a disposición del resto de la profesión. No estoy hablando de compartir la información contenida en un DVD o CD de una editorial divulgándolo en la red, problema sobre el cual no corresponde adentrarnos en este momento, sino de facilitar el acceso a escritos propios para que otros compañeros puedan hacer uso de ellos. Esto es verdaderamente la sociedad del conocimiento y de la información, la que vivimos y en la que debemos resituarnos.

Los beneficios de otras herramientas tecnológicas más recientes como es el caso del correo electrónico con firma digital reconocida han sido suficientemente expuestos en el cuerpo de la ponencia a la cual se presenta esta comunicación. Es tal su importancia que resulta inconcebible a partir de este momento – si no lo era ya antes – que un abogado no disponga y haga uso de una cuenta de correo electrónico con el fin de poder transmitir en su quehacer diario documentos e información sensible con su firma digital reconocida. En cuanto a otras herramientas a las que he tenido oportunidad de referirme anteriormente, como puedan ser los programas de mensajería instantánea o la VoIP nos permiten un acercamiento al cliente, que sabe que estaremos ahí cuando nos necesite, eso sí, con un uso controlado de la herramienta, con el fin de que el cliente no se convierta en un abogado-adicto como consecuencia del inmediato acceso a la comunicación con nuestro despacho. Estas herramientas nos permiten una reducción en los gastos de nuestros despachos, pues su coste se está integrando en el de nuestra conexión a internet.

En resumen: ¿qué nos proporcionan las nuevas tecnologías? La respuesta no ofrece dudas: un valor añadido a nuestro trabajo profesional, y por lo tanto a nuestro despacho. ¿Por qué?. Porque nos permiten hacer más cosas en menos tiempo aumentando nuestra calidad, dando un mejor servicio al cliente, que no quiere otra cosa, sino el mejor posible. Y, querámoslo o no, dependemos de los clientes, gracias a cuyo pago de nuestros honorarios podemos entre otras cosas invertir en nuevas tecnologías, de igual modo que él depende de nosotros para la resolución de sus problemas. Esa cercanía tan importante para quien acude a nuestro despacho es lo que también nos ofrecen en gran medida las nuevas herramientas.



CONCLUSIONES.

La cuestión que pretendo traer finalmente a colación es: ¿asumimos el reto y nos convertimos en unos usuarios avanzados de las nuevas tecnologías o simplemente nos anclamos en lo que conocemos y miramos desde la barrera las modificaciones que la tecnología introduce en la sociedad?. ¿Nos enfrentamos a la tecnología como algo extraño y hasta cierto punto atemorizante o nos decidimos a ser verdaderos protagonistas de la transformación que la Sociedad de la Información y la Comunicación supone?.

Responder de uno u otro modo posee sus implicaciones. Ser durante un tiempo simple espectador para dar el salto posteriormente proporciona seguridad, pero conlleva cierto retraso respecto de aquellos que han decidido experimentar desde un principio. Probar todo aquello que cae en nuestras manos conlleva el riesgo de perder tiempo y energía para algo que a lo mejor no me sirve para nada, pero la ventaja implícita es que en el caso de ser útil (y en la mayor parte de las ocasiones lo es) voy a ir por delante de los demás.

En definitiva, creo que todo se reduce a mantener nuestras mentes abiertas. Sólo éstas son capaces de descubrir la realidad y quizá lo que hay más allá; para que nunca puedan repetirnos a los abogados que somos enemigos de la técnica. Vamos a ver grandes cosas en un futuro no muy lejano (las estamos viendo ya) y su aplicación a nuestro campo de actividad tardará más o menos, pero no dejará de influir en nuestra profesión. Estar preparados para ello es la mejor inversión que podemos llevar a cabo.

Pero es que hay algo más: se nos necesita en ese cambio, cada vez más. Las nuevas tecnologías ya no es que sólo sirvan para facilitar nuestro trabajo y conceder un valor añadido a nuestra labor, sino que van a proporcionarnos trabajo, diría que mucho, ya que para que podamos discutir en el ámbito de la legalidad sobre herramientas tecnológicas no nos va a quedar otro remedio que conocerlas en profundidad. Por poner un ejemplo, existen proyectos universitarios sobre nuevas tecnologías que demandan la opinión del jurista,
sin ir más lejos. Y es que somos necesarios y hemos de hacernos imprescindibles en esta nueva sociedad en continua transformación, porque el abogado (y los abogados jóvenes creo que lo han de tener más claro) desempeñamos una labor fundamental.

Se ha abierto para nosotros un campo apasionante; no desaprovechemos esta ocasión. No cerremos los ojos a un futuro que ya es presente, porque dentro de muy poco tiempo y dada la velocidad a la que el mundo se mueve podríamos haber perdido una excelente oportunidad.